El viaje de Quevedo a la ciudad de Babahoyo dura alrededor de 3 horas y medias, por una carretera que, llena de mágicos detalles invitan a cualquiera a fantasear con mil y una aventuras. En el camino las haciendas productoras de banano, cacao, y teca adornan de camino el cálido asfalto y dispersan el olor a tierra húmeda. Sin duda, esta es una provincia sumamente productiva. Pareciera así que, cada metro cuadrado está sembrado de algún y no se desperdicia ni el más pequeño trecho de tierra.

Al llegar a Babahoyo, fui sorprendido por las luces verdes de una estructura alta. Era el primero de los dos grandes puentes que Cruzan los ríos Catarama y San Pablo. Esta ciudad me sorprendió por su organización, por sus calles anchas y por los malecones peatonales construidos a la par de los ríos. Pero no solo su infraestructura me asombró sino también la energía de su gente. Así, un martes 7 pm, cuando el sol estaba ya escondido entre las aguas de los cálidos ríos, la gente corría entusiasmada junto al malecón de la ciudad. Esta es una ciudad de la costa ecuatoriana, como cualquier otra, pero a diferencia de muchas, sus vías principales han sido intervenidas con cables soterrados y semáforos vehiculares y peatonales.

Al llegar a mi hotel en Babahoyo, fui recibido con la amabilidad típica de los ecuatorianos. Miriam, la recepcionista del Zigo Hotel Babahoyo, me dio la bienvenida con una amplia sonrisa. Me indicó que sabía de mi llegada y que la habitación 105 me esperaba ya lista para mí: con el aire acondicionado y la luz del velador prendida; un pequeño sofá moderno adornaba la entrada y me hacía sentir como en casa, es que después del cansado viaje, fue reconfortante entrar a una habitación lista para mí.

Al salir nuevamente de la habitación, me encontré con Manuel, el dueño de este cálido hotel. Un hombre de 60 años y oriundo de Latacunga, de cálida plática y amplia sonrisa, quien me refirió las varias opciones que tenía cercal para poder cenar. Me indicó también que, a más de la operación del hotel, es dueño de un almacén de colchones, reflejando esa chispa de comerciante en sus ojos y en su voz firme. Siguiendo sus instrucciones cené en una cevichería local, uno de sus platos más aclamados: un sabroso pescado a la plancha con patacones fritos y arroz. Una verdadera delicia.

Al día siguiente, me levanté muy temprano con los cantos y festejos muestras de ese folclore ecuatoriano que tanto me gusta, era una procesión de la virgen de la ciudad cuya devoción acarreaba un centenar de personas. Fue muy grato despertar con tanta vida y el aroma de un delicioso café al tiempo que me sentaba en la habitación del hotel a trabajar, algo esencial para viajeros de negocios que tenemos que conectarnos entre la oficina y el trabajo en territorio. Después de un par de horas, continué con el check out de mi habitación, y me preparé para continuar mi viaje ahora con destino a Daule.

Autor: José Javier Jaramillo

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