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El color intenso de un buen café, el olor de las páginas de un libro viejo, la ancestralidad de las montañas, no son comparables en absoluto con el millón de sensaciones que la ciudad e te hace vivir. Cuenca, es popular por su gran atractivo turístico, eso bien lo sabía al iniciar mi viaje, al buscar hoteles, al preparar mis ojos para lo que quería conocer. Lo que no conocía es la verdadera riqueza oculta en una ciudad que poco a poco se descubre entre ríos y montañas. Al llegar, sin importar el punto geográfico, un intenso color naranja te inundada los sentidos. Son los techos, los edificios y los ladrillos que esconden mil y un historias de la Atenas de Ecuador.

Cuenca combina un encanto único de historia y tradición. En su corazón La Plaza mayor, se llena de ancianos, jóvenes y niños que observan desde la sombra de los árboles a la impetuosa catedral de mármol Rojo, sello constante de un pasado religioso inolvidable. Con ella compite la sencillez de la antigua catedral, uno de los primeros edificios en construirse y cuya blancura, y grandes portones de madera invitan a los creyentes y agnósticos a entrar y hundirse en el olor a sahumerio, al tiempo que se revela el pasado colonial de la ciudad.

Cada pequeño lugar en Cuenca, tiene un relato por contar: cada casona convertida en hotel, cada cafetería artesanal, cada biblioteca escondida, cada plaza. Así por ejemplo la Plazoleta del Carmen, es la historia de hombres y mujeres que desde hace años decidieron inundar a su ciudad de colores, de vida, de flores para los santos, vírgenes y balcones de doncellas cuencanas. La misma cálida sensación te inunda al ver los vestigios de un glorioso puente, que el río Tomebamba destruyó, hoy conocido como El puente roto, lugar de leyendas e hito icónico de la ciudad.

Cuenca es blanca, como la espuma del Yanuncay, como la paja toquilla de la que se hacen sus famosos sombreros. La historia de las manos tejedoras de una de las artesanías más populares del Ecuador está relatada en el museo Homero Ortega y revive en cada turista, en cada hombre y mujer que desea lucirlo con la misma alegría con la que fue hecho.

Al perderme entre la musicalidad de sus calles, es imposible no sentir el olor a mote pillo, a tocino, a carne de cerdo ahumado, a platos netamente andinos que acompañan el día a día de su gente. Tiendo a creer, que es la fusión de sabores, colores y el canto de sus ríos lo que imprime una sonrisa constante en sus habitantes, y es que, Cuenca es el perfecto lugar de cuento de hadas, y aventuras. La cálida luz de sus faroles por la noche, la cantidad de detalles de sus portales y casonas antiguas hacen que cualquiera se enamore de su encanto colonial. Mientras que sus ruinas incas, aún intactas en Pumapungo, reviven un pasado desconocido, genuino, ancestral y vivo en su cultura, en sus tejidos, en sus cholas, en sus tradiciones. Pocas ciudades brindan el lujo de caminar tranquilamente por las orillas de un río que entre versos y versos une a la Cuenca moderna con la histórica. Pocas ciudades tienen espacios donde la lluvia y la noche se vuelven en cuadros de arte. Pocas ciudades enamoran, como lo hace Cuenca.

Autor:Rebeca Martinez

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