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A diferencia de las grandes capitales de América Latina, Quito se abre majestuoso como un lugar de armonía y encanto colonial. Sus balcones, su gente, sus hoteles, su facilidad para viajar y encontrarse con el pasado. En el centro de la ciudad, se levanta la Plaza de la Independencia, como el recuerdo vivo de un grito de libertad allá por 1809. La Plaza Grande, como también se conoce a este icónico lugar, esconde entre sus bancas las mil y una historias de ancianos jubilados que van al parque para ver pasar las horas y alegrar con anécdotas, los corazones de los foráneos dispuestos a escucharlos. A pocos pasos de ella, una blanca catedral colonial se levanta imponente, y desde su cúpula, un gallo saluda con delicadeza escondiendo entre sus plumas leyendas de antaño que reviven en cada rincón del centro histórico..

Frente al imponente Palacio de Carondelt, se encuentra el icónico Museo Alberto Mena y Caamaño, donde se reconstruye paso a paso en figuras de cera, la historia que merece llamar a esta ciudad Luz de América. Quito, sencillo y romántico es glorioso en sus detalles, así lo demuestra la Iglesia de la Compañía, donde todo el oro de sus paredes no ha de compararse con la ferviente fe de los devotos que, cada domingo llenan de ramos el altar. Flores que también adornan las otras siete Iglesias que se reparten por todo el Centro de Quito; siendo una de ellas es la tan enigmática Iglesia de San Francisco.

Al entrar a esta monumental construcción, el olor a sahumerio invade cada fibra de tu cuerpo, mientras la piel se estremece al escuchar los cantos de los coros, y ver con gran asombro el trabajo de años por artesanos, fruto del mestizaje colonial, que plasmaron entre querubines, pedazos de una cultura que se niega a morir. En su plaza, las voces de las vendedoras ambulantes de hierbas y “jugos milagrosos”, llenan de alegría el lugar; mientras los niños se pelean por dar de comer a las cientos de palomas que han hecho de este, su hogar.

Quito, es como sus dulces artesanales: aromático, cálido, fino y pequeño. Así, desde cada esquina del centro histórico se puede oler el dulce de los manís confitados, el aroma del café tostado y alegrar la vista con las minúsculas colaciones, envueltas en fundas de papel. Al llegar la noche, esta atmósfera cálida se intensifica con el ámbar de la luz de los postes y de los típicos hervidos que combaten el frío sumados a la música de artistas que se empeñan en llenar de vida, a la famosa calle de La Ronda

Viajar a la capital del Ecuador, no sólo es recorrer sus íconos turísticos, es disfrutar del placer de viajar, es atreverse a descubrir el encanto de una ciudad sin comparación. Es que, como cita la famosa canción: quien llega a conocer a este romántico Quito, no puede vivir sin verlo.

Autor:Rebeca Martinez

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